Protocolo del dolor

Joselo López se mira a sí mismo en horario central contemplando las golpizas y ahogos a jóvenes encerrados y afirma: “Acá no hay ningún uso de la fuerza desmedida”. Se vanagloria de su acción y llama a “redoblar” la lucha. Para él, abordar a adolescentes encarcelados bajo el paradigma de los derechos humanos es “lírico”, como dijo en 2013; la misma calificación que utilizó Fernando Pereira, presidente de la central de trabajadores, cuando afirmó era un lirismo decirles “Muchacho, siéntate” para controlar una situación dentro de una cárcel.

En la defensa del no-protocolo llevado adelante por sus compañeros contra los jóvenes amarrocados en su presencia tal vez se cometieron “excesos” aunque, consideran, eso lo determinará la Justicia. “Excesos”, un eufemismo utilizado cuatro décadas atrás por los represores del terrorismo de Estado en referencia a las torturas, herramienta política aplicada de manera sistemática a detenidos desaparecidos y a presos políticos que se repite hoy bajo ecos de “lealtad” al movimiento sindical porque “a los compañeros no se los delata”.

Como sostiene Pilar Calveiro, toda política se define por la tensión entre la violencia, producto de las relaciones de dominación propias del ejercicio del poder, y la ética, como polo inverso que instala la demanda de justicia. En las instituciones de encierro se viven situaciones-límite sostenidas por la violencia ejercida por aquellos que están de parte del sistema, sobre aquellos que se encuentran irremediablemente colocados bajo su dominio, donde existe una división de trabajo entre señor y siervo, dirigente y dirigido, que no es más que la separación entre quienes detentan el poder y los que no lo detentan. Los grados de aplicación de esta violencia y exclusión varían según las necesidades que aquel que detenta el poder tiene de ocultarlas o disfrazarlas, señala Franco Basaglia en La institución negada.

El video es una muestra más de las vejaciones que viven a diario los jóvenes privados de libertad, como lo fue la cartulina naranja que varios pusieron a fines del año pasado contra las cámaras de seguridad del CIEDD para que su director leyera: “Tenemo ambre Julio”. Es la banalidad del mal en su esencia. La espectacularización de la tortura en el noticiero del mediodía. Como cuestionaba Hannah Arendt en su obra Eichmann en Jerusalén:“Cuánto tiempo necesita una persona normal para vencer la innata repugnancia hacia el delito”.

Plano corto

Infancia adjetivada: son menores. Niños negados. Destinatarios de sanción y castigo social. Cuello de botella de nuestras frustraciones y conflictos. Encerrados sin cuna. Son los desconsolados, los destinados al dolor.

“Nos tenían 4 o 5 horas contra los perimetrales haciendo la estrellita o la motoneta, lleno de botones atrás de nosotros que donde bajaras los brazos o se te aflojaran las piernas te pegaban con los brazos o las cachiporras en los tobillos, las rodillas, los codos, los hombros o las muñecas. Nos tenían desnudos como dios nos trajo al mundo y en invierno, y encima muchas veces te ponían boca abajo en el piso del patio, afuera, del lado donde estaban las macetas viejas. Esa parte estaba llena de hormigueros y ellos sabían, por eso nos obligaban a acostarnos ahí encima de los hormigueros. (…) Después te metían a la pieza medicado o inyectado, contra nuestra voluntad claro…”, cuenta un joven que en marzo próximo cumplirá 22 años y está preso desde los 13.

Como analiza Graciela Frigerio en La división de las infancias, en el marco de las teorías de la minoridad, protección y castigo son dos caras de la misma moneda: se castiga/encierra para proteger a la infancia en peligro material o moral, “con la característica particular de que lo que se sancionaría no sería un delito, una falta o un crimen, sino un origen social, un estado de situación una presunción de potencial delictivo (asignación de peligrosidad predelictual), en los cuales la gestión punitiva hizo y hace de punto de partida y horizonte”.

“Me tuvieron desnudo en el calabozo y me dieron un par de cachetadas que, a estas alturas, no era algo grave para mí”, acostumbrado ya a lidiar con funcionarios alcoholizados que se presentaban como los que habían estado en Miguelete y La Tablada, y funcionarias que practicaban sexo oral a cambio de darles mejor comida o visitas.

Vimos las dimensiones de su encierro, tan reducido que es enorme. Vimos el patio al que salen en esa hora que están fuera de su celda. Es allí, en el mismo rectángulo del dolor, bajo una claraboya de plástico, entre paredes que sólo reflejan rejas. Vimos la condensación del ejercicio del poder sobre sus vidas; la respuesta institucional al karma conflictivo que les asignamos.

“El tema de las palizas en el [centro] Puertas era algo común, siempre te toreaban para que saltaras y así tener la excusa para pegarte”, en referencia al centro del SIRPA que se cerró en abril de este año y cuyos funcionarios fueron trasladados al CEPRILI. En el Piedras “era sistemático: dos veces por semana nos picaban a palos. Siempre arrancaban los funcionarios que tenían una cachiporra y gas pimienta. Te pulseaban, te provocaban, te insultaban a tu madre”.

No seamos ingenuos ni hipócritas. Aquí no hay un pueblo que hierva de indignación. Aquí hay una juntada de firmas motivada por la culpa y doble moral pequeñoburguesa luego de que nos enrostraran el trato que les damos y/o toleramos a los negados, y creemos que con la renuncia de Joselo se acabó el problema. “No son angelitos, pero de todas maneras no merecen ser tratados así”, se lee en redes sociales, se escucha en almuerzos y en conversaciones de pasillo, también en el almacén, mientras el vecino aclara que igual tiene un arma por si algún día lo roban.

Lo que vimos en el video es la denuncia que no escuchamos desde hace veinte años. Es el bollo de papel que un funcionario le hizo tragar a un joven, representando la denuncia penal que la madre de otro había presentado ante la justicia. La grabación es muda. Si tuviera sonido, acaso serviría de argumento para justificar la tortura. Si tuviera sonido, acaso los funcionarios le pondrían música a sus tratos crueles e inhumanos, como relatan quienes sobrevivieron a La Tablada, cuando allí funcionó un centro clandestino de detención.

No nos estamos haciendo las preguntas adecuadas. El encierro nunca puede ser la solución a los problemas sociales.

¿Cuándo vencimos nuestra innata repugnancia hacia la violencia? Si esta cárcel sigue así, se volverá una gran fosa común de nuestra juventud negada.

Azul Cordo – Montevideo, 10 de agosto 2015

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