Déjà vu

La Tablada volverá a ser cárcel para adolescentes. El Inisa dice que construirá un “campus socioeducativo” en el predio vecino al hotel que a fines del siglo XIX alojó a consignatarios de ganado, durante la dictadura a uno de los mayores centros clandestinos de detención, luego uno para menores y –últimamente– una cárcel para adultos. En qué consiste este nuevo proyecto que tensiona memorias en un espacio donde es difícil proyectar vida.

Por Azul Cordo – Brecha – Viernes 22 de setiembre de 2017

En este silencio profundo parece un lugar condenado. Signados sus pasillos por gritos de torturas que pretendían taparse con cumbia a todo volumen, por gritos de niños encerrados días enteros mientras golpeaban las puertas pidiendo un vaso de leche, por chillidos de ratas, por los pasos de botas de los troperos que arreaban las vacas al frigorífico y de los hacendados que contaban millones de pesos en cuartos que luego fueron celdas. La Tablada está en un silencio frío. En su lomada, desde donde se ve el Cerro a cinco quilómetros de distancia, rodeada de periferia verde del Montevideo rural, sopla el aire que despide el invierno, y el juego de aberturas hace que el viento chifle en los oídos.

La ruta que antes era para arrear el ganado ahora servirá para llevar adolescentes hacia su privación de libertad. Por el Camino de las Tropas o el camino La Redención llegarán a camino Melilla, ruta que muere en el portón de rejas que da paso a La Tablada.

Ese ingreso está controlado por un servicio policial que contrató el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa): un guardia, con gorro negro de lana y campera azul que se resguarda del viento en una construcción amarilla a la derecha del portón. Después hay que pasar otra reja y un perro blanco, muy guardián, que ladra y muestra los dientes. En el campo ubicado a la derecha del edificio, pasando las dos filas de alambrado perimetral que quedaron del pasado penitenciario de este predio, el Inisa pretende construir un “campus socioeducativo” que remplazaría a la Colonia Berro.

Tanto Gabriela Fulco, presidenta de la institución, como su director de Arquitectura, Daniel Castro, y Pilar Rodríguez, asesora de este proyecto arquitectónico por parte de la Corporación Nacional para el Desarrollo, hablaron de una construcción cuyos trazos en el plano fueron basados en estándares internacionales respetuosos de reglas y de derechos humanos, que garantizará también la seguridad -en tanto sinónimo de eficacia en la prevención de fugas del sistema de privación de libertad adolescente-.

PALIMPSESTO. Sobre este terreno se disputan diversas memorias. La Asociación Tradicionalista Troperos de la Tablada ha reclamado la recuperación del edificio para crear un museo que exponga actividades ganaderas y dé cuenta del uso original del lugar, comprado en 1867 por el departamento de Montevideo.

La asociación de ex presas y ex presos políticos (Crysol), la Institución Nacional de Derechos Humanos (Inddhh), el Servicio Paz y Justicia (Serpaj), familiares de desaparecidos y sobrevivientes de picanas, submarinos y plantones a los que fueron sometidos cuando entre 1977 y 1983 funcionó aquí el centro clandestino de detención conocido como Base Roberto, están trabajando para preservar el lugar como sitio de memoria. Constituyeron hace pocos meses una comisión de trabajo que en noviembre colocará una placa en el camino de ingreso al predio, recordando que ese mismo mes, pero hace 34 años, el Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas (Ocoa) abandonó ese espacio.

Un símbolo de impunidad. Así define a la Tablada Ivonne Klingler, integrante de la nombrada comisión, que estuvo secuestrada allí entre enero y junio de 1982 junto a Miguel Mato y Omar Paita. Estos últimos integran la lista de 13 desaparecidos registrados en ese centro clandestino de detención.

Está por aprobarse una ley de sitios de memoria que establecerá la preservación de espacios como éste para “mantener todo lo que significa esto, lo que hiere, lo que agravia, lo que lastima”, explicó Klingler. Por eso “no consideramos que sea justo que el sitio de La Tablada sea un centro de reclusión”, dijo a Brecha acerca del megaproyecto que el Inisa quiere construir e inaugurar a fines de 2018.

Además el lugar debería permanecer inalterable, como escenario de pericias judiciales para tres causas: la que asentaron 28 ex presas políticas por la violencia sexual ejercida contra ellas como forma de tortura, la causa por la desaparición forzada de Óscar Tassino y otros en 1977, y la referida a los detenidos entre 1981 y 1982, entre quienes estuvieron la propia Klingler, Mato y Paita. La Tablada fue tomado por el Ejército el 10 de enero de 1975, funcionó un CCD utilizado durante la represión contra el Partido Comunista y fue un eslabón de circuitos represivos como padeció el maestro Julio Castro (Casona de Millán, La Tablada, Batallón 14) -cuyos restos fueron identificados en 2011.

“Queremos que sea un centro de educación, una escuela agraria, un sitio dirigido a los jóvenes. Un compañero de la comisión sugirió que se puede hacer equinoterapia aprovechando el campo enorme que hay”, añadió Klingler, refiriéndose al espacio lindero al edificio donde el Inisa construiría el “campus”.

El manto de silencio que las ex presas sienten que mantenían desde la recuperación de su libertad pareciera empezar a correrse y, de a poco, se abre la discusión para que la memoria “no sea un ancla, sino una catapulta”, afirmó. Para que sea una memoria “viva”.

El arquitecto argentino Pablo Sztulwark, experto en arquitectura, memoria y derechos humanos, visitó Montevideo a principios de agosto de este año, invitado por la Unicef para presentar el libro de Daniel Castro Adolescentes, seguridad y derechos humanos (1). Recorrió La Tablada y el Centro de Ingreso, Diagnóstico y Derivación (Ciedd) del Inisa (veáse recuadro “Perrera”). En ambos lugares quedó impactado.

“Me impactó el patio de atrás, porque era por donde entraban los presos.” Ahí sentaban durante horas a los detenidos, encapuchados y con placas que colgaban de sus cuellos, que indicaban, según el número y el color, si eran estudiantes, obreros, sindicalistas, militantes partidarios.

Quietud, silencio, plantón. Para el arquitecto es “obvio” que allí se puede hacer un lugar de memoria, y dice no entender por qué esto todavía no ocurrió. “Es una cuestión política. Hay que pelearla y es una pelea muy digna de dar.” La única posibilidad que cabe es habitar el sitio, “no estar ni ocupar, sino construir la relación de subjetividad con el lugar. Uno no puede permitir que eso se tape, se obture. Uno tiene que habitar ese lugar desde lo que te devuelve y lo que te constituye como sujeto, lo que ese lugar hace como representación. Esa es la dimensión política de la arquitectura: la relación con el espacio, con la ciudad, con los lugares de la vida, se va haciendo así. Si la memoria se reduce a un monumento, el monumento en algún momento pierde sentido, invisibiliza. La memoria es cómo transitamos la ciudad, cómo usamos los espacios y construimos sentido individual y social. Es memoria viva que está ahí y nos constituye como personas”.

Lo impactó aun más enterarse, mientras recorría el edificio junto a representantes de la Unicef y el Inisa, de que allí había funcionado entre 1988 y principios de 2000 un centro de reclusión para adolescentes del Instituto Nacional del Menor. Una época recordada por las denuncias de malos tratos, golpizas y motines con incendios que documenta la pintura levantada en las puertas de madera de las celdas y que llegaron a reventar baldosas del patio del fondo, donde luego excavaría el Grupo de Investigación en Antropología Forense (Giaf).

“Que ese lugar haya sido después (de la dictadura) un centro de reclusión de adolescentes es muy loco –dijo el arquitecto argentino–. Pienso en la imagen que uno tiene de la sociedad uruguaya, en su progresismo (comparado con los caníbales que tenemos acá), y no me imaginaba que podía suceder eso. Me modifica las representaciones que tengo de Uruguay, de la gente que conozco. Tenés que tener una mente muy perversa para que se te ocurra eso (no para que lo hagas, para que se te ocurra), y cuando me lo dijeron no lo podía creer.” Por eso volvió a sorprenderse cuando le comunicaron que en el predio lindero construirían una nueva cárcel. Exhortó a que haya “una reflexión sobre la cárcel”, porque entiende que no puede repetirse este uso del espacio “automáticamente”.

El Ministerio del Interior cedió en 2013 el uso del edificio al Sirpa y durante la gestión de Ruben Villaverde se comenzó a construir un celdario, reciclando un entrepiso que había sido utilizado por los presos adultos, que dejaron murales con mensajes a Jehová como herencia para las nuevas generaciones de reclusos.

Sin embargo, esta construcción que Villaverde había anunciado como espacio al que trasladarían a unos 40 jóvenes que ya eran mayores de edad y debían seguir cumpliendo su pena en el sistema de menores, se frenó mientras los antropólogos reanudaban sus excavaciones en el predio. Luego vendrían denuncias por la mala calidad de estas obras y su inviabilidad para desarrollar cualquier proceso de “rehabilitación”. El proyecto se paró. Quedaron mangueritas naranjas al aire, huecos, paredes que se superponen a muros originales de finales del siglo xix, cuartos sin ventanas. La empresa constructora está en litigio con el directorio del Inisa: reclaman una supuesta deuda por las obras que quedaron inconclusas.

PLANOS. Tanto Fulco como Castro sostuvieron que, más allá del embrollo judicial, ese espacio centenario “no sirve” para llevar adelante el modelo socioeducativo de medidas privativas de libertad. A lo sumo reutilizarán el edificio para tareas administrativas.

Pero decidieron construir un megaproyecto al lado, a tan sólo cien metros de donde pasaron por lo menos 240 personas secuestradas por el Ejército y sometidas a vejámenes por los verdugos de Base Roberto, “porque existía la posibilidad de anexar los terrenos circundantes (al edificio), que pertenecían al Mgap y al Mides; y el Mides, a su vez, se lo dio en comodato al Inisa”, explicó Fulco.

Sztulwark opinó que, pese a su carácter innovador, el diseño de la nueva cárcel “no deja de ser un panóptico”. La propuesta que se licitará en pocas semanas cuenta con un presupuesto de 600 millones de pesos y será la primera de dos etapas planificadas por el fideicomiso entre el Inisa y la Corporación Nacional para el Desarrollo.

En la primera etapa, que se iniciaría el año que viene, se levantarían siete edificios dispuestos en forma de abanico, con caminos que comuniquen en línea recta con otra gran construcción denominada “área programática”, que reúne las áreas educativas (aulas equipadas para educación formal y no formal), de servicios, de visitas, de salud, de acompañamiento terapéutico. Desde allí saldrá otro camino hacia un punto de control, el ingreso o salida al “campus”, la revisoría o “área de seguridad”.

Los edificios albergarán varios “dormitorios-celda” donde caben uno o dos jóvenes. El conjunto se dividirá en dos sectores: el campus, con cuatro edificios y capacidad para 84 adolescentes; y el microcampus, con tres construcciones que podrán albergar hasta 66 muchachos. La suma da 150 plazas, a pesar de que el propio libro de Castro fija en 80 el número máximo de jóvenes privados de libertad para que resulte un “cupo gestionable”.

El predio tiene 82 hectáreas y los planos prevén 65 metros cuadrados de superficie construida por adolescente, dimensiones previstas para evitar el estrés, la angustia, el hacinamiento, los roces en la convivencia, y promover independencia y privacidad.

A pesar de los múltiples informes producidos sobre las condiciones inhumanas en que unos 80 jóvenes pasan por lo menos 90 días encerrados en el Ciedd mientras la justicia define la medida socioeducativa que les corresponde, el proyecto no incluye un nuevo centro de ingreso. Castro explicó que se espera que la evaluación psicodiagnóstica que puedan hacer los técnicos a cada joven supondrá la derivación rápida hacia las nuevas instalaciones.

Todo el proyecto arquitectónico es de una geometría muy precisa, apreció Sztulwark. Esto limitaría la circulación y las actividades, lo contrario a la libertad. El argentino sugirió, en cambio, que los caminos no estén marcados, sino que se hagan según cómo vayan circulando los jóvenes por el lugar: “Que sea un parque, que la gente que esté ahí pueda caminar y juntarse. Ofrecer un poco de aire, porque si no es imposible sostener una vida así”, propuso. Partiendo de la idea de que la vida humana hoy es vida urbana, Sztulwark remarcó que la arquitectura debe “ofrecer rasgos de la vida urbana dentro del encierro; que el encierro contenga algo de vida de lo que hay fuera, una posibilidad para que los vínculos sociales sean los mejores posibles, si no es pura punición. Hay que ofrecer algo de humanidad”.

Por su parte el comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos del Niño, Luis Pedernera, tildó de “lamentable” la situación que se plantea en La Tablada: “Sigue la lógica de centros alejados de los centros urbanos, de servicios básicos como salud y educación, de la vista del resto de la comunidad. Centros que se plantean con criterios de masividad. ¡Tener casi 200 adolescentes en un lugar así es demasiado! Lo esperado son pequeños centros que no signifiquen un corte abrupto con la comunidad. Para tirar abajo los muros entre la comunidad y los adolescentes detenidos hay que acortar las distancias y también los muros”, argumentó.

“Un centro de esas características aísla –insistió Pedernera desde Ginebra–. En vez de que los adolescentes usen los servicios que usa la comunidad, los servicios se seguirán instalando en las cárceles para que, como lo demuestran 20 años de este tipo de lugares (el ex centro Ser y La Tablada son los emblemas), fracasen”. Además consideró que “una cárcel nueva es una cárcel que se llena rápidamente y, salvo que se destruyan las que quedan atrás, estas nuevas, tarde o temprano, por urgencia o por lo que sea, se volverán a llenar, bajo un discurso de emergencia o como medida provisoria”.

El “campus socioeducativo” de La Tablada constituiría el segundo caso en que el sistema de privación de libertad adolescente utiliza espacios de tortura y desaparición forzada para reciclarlos en cárceles. En 2012 el Ministerio de Defensa le cedió las instalaciones del Regimiento de Caballería número 9 (Belloni y Aparicio Saravia) para que el instituto las utilizara como centro del Sirpa, y se inauguraron en octubre de 2014, con capacidad para 80 chicos.

El noveno había sido destinado en 1968 a la reclusión de bancarios de Montevideo y desde 1972 hasta el final de la dictadura como centro de detención de militantes de distintas organizaciones políticas. Allí murieron, como consecuencia de las torturas, los militantes tupamaros Hugo de los Santos y Pedro Lerena(2).

Por eso Pedernera argumentó: “Ya pasó con Belloni y ahora parece ser lo mismo con La Tablada: la izquierda en vez de rescatar estos lugares como sitios de memoria y nunca más, los perpetúa como lugares de sufrimiento para nuevas generaciones. Creo que tanto el Grupo de Trabajo por Verdad y Justicia creado por la Presidencia, como la Inddhh, deberían poder intervenir planteando la incompatibilidad de construir cárceles en lugares de memoria, y que la política carcelaria recupere su memoria”.

Irma Correa, viuda de Mato, el último desaparecido de La Tablada, tiene claro que “como la justicia funciona mal, una de las reparaciones que podemos hacer es la memoria”.

Quizá sea como Sztulwark sugiere por teléfono, desde su estudio al otro lado del río, que la arquitectura es como un palimpsesto: “Vos podés tapar con capas el trabajo, lo que ocurrió antes, pero esto quedó y en algún momento emerge”.

Notas:

(1) Unicef, Montevideo, julio de 2015.

(2) Cdf, “Huellas de la represión. Identificación de centros de detención del autoritarismo y la dictadura (1968-1985)”. Montevideo, http://donde-estan.com/wp-content/uploads/2016/09/huellas.pdf.

 

Sabremos cumplir

El 16 de diciembre de 1975, como parte del “año de la orientalidad”, la dictadura declaró monumento histórico nacional al “predio de La Tablada Nacional, bretes, galpones, antiguas dependencias y posadas, padrón número 45.969”.

Aunque en los años 79, 82 y 83 hubo distintas resoluciones ejecutivas que desafectaron inmuebles declarados como patrimonio, la presidencia de Julio María Sanguinetti, el 4 de marzo de 1986, dejó sin efecto esas resoluciones y volvió a validar las anteriores, entre ellas –nuevamente– la del predio de La Tablada.

Desde el Inisa señalan una y otra vez que esa declaración de patrimonio sólo vale para el edificio del casco antiguo y para los corrales. Desde la comisión de trabajo por la memoria en La Tablada entienden que se refiere a las 82 hectáreas de predio, lo que está y lo que no está construido.

El director de Arquitectura del Inisa comentó a Brecha que desde la Comisión de Patrimonio sólo les pidieron que resguardaran dos padrones “independientes”: la parte del edificio y la de los corrales.

Perrera

Stulzwark visitó el Ciedd antes de ir a La Tablada y comentó a Brecha sus impresiones sobre esta recorrida, una experiencia que le resultó intolerable: “Estaban los chicos ahí. No era el análisis de un plano. Y era realmente intolerable, como la planificación del mal. Hay mucho para decir: la selección de chicos que estaban ahí, eran chicos pobres, marginales, con lo cual es un lugar de reclusión para pobres. Eran muy impresionantes los gritos entre ellos para comunicarse, parecía una perrera. Están 23 horas encerrados. El único momento en el que salen, ves a siete u ocho jóvenes que salen en fila, esposados y engrilletados, para jugar media hora a la pelota en una cancha alambrada. Es increíble. Salí muy conmovido, aguantando el llanto para no pasar vergüenza. No es un centro de detención, es un centro de castigo, de reducción a lo no humano. Se podrá decir lo que se diga, pero ese lugar es eso. Si la Constitución uruguaya piensa que la cárcel puede ser un lugar de rehabilitación, ese lugar es todo lo contrario. Es un centro de castigo, de punición, de reducción a lo no humano. Lo único comparable, de lo que yo conozco, son los centros clandestinos y los campos de concentración. Es un espacio concentracionario”.

 

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