Derechos Humanos en el Uruguay

En 2015 y 2016 fui invitada por el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) de Uruguay a participar en la redacción de algunos artículos para sus informes anuales en los que dan cuenta del estado de situación de los derechos humanos en este país.

Comparto aquí ambos informes completos.

Ni Una Menos 2015 - Montevideo

Fotografía: Mauro Tomasini

En el Informe 2015 escribí dos artículos: uno sobre políticas de memoria (“Políticas de memoria en Uruguay: entre el control, la acción y la pasión”, p.39, en co-autoría con Carlos Marín) y otro sobre violencias de género (“Vivas nos queremos. Violencias de género en Uruguay”. p.349).

Derechos Humanos en el Uruguay – Informe 2015

En el Informe 2016 escribí otros dos artículos: sobre personas en situación de calle (“La calle no es hogar para nadie. Personas en situación de calle en Montevideo”, p.137) y sobre el acceso al aborto (“La práctica legal del aborto en Uruguay: Un derecho aún en construcción” p. 165).

Derechos Humanos en el Uruguay – Informe 2016

 

Una historia violenta

Cuatro décadas de relación acabaron apuñaladas. Se casaron cuando ella tenía 16 y él 19. Vecinos, familiares y activistas recordaron en el Cerrito a Susana Islas, a un mes de su femicidio. ¿En quién busca ayuda una mujer maltratada psicológica y físicamente durante años que, de golpe, debe cambiar su rutina, amenazada por el hombre con el que convivió tanto tiempo? ¿Cómo desandar la personalidad del ofensor? ¿Cómo cortar el círculo de la violencia?

Era muy coqueta. En esta foto no se nota tanto, pero cuando salía a trabajar no sabías si se iba al trabajo o de paseo. Pelo lacio, negro y largo hasta los hombros. Cerquillo peinado un poco hacia la izquierda. Acostumbraba llevar pantalones y caravanas de perlas.

Esa mañana salió, como todas las demás, a las 8 a trabajar. Jueves 15 de diciembre. Desde hacía dos semanas era acosada por su exmarido, aunque seguían casados. Él, que fue taximetrista, ya había probado en tirarle el auto por lo menos dos veces, a la vuelta del apartamento o en el cruce de General Flores. La esperaba a metros o en la puerta de sus lugares de trabajo. “No te hagás el vivo porque está Raquel atrás de la cortina. Te está viendo y si hacés algo, llama a la policía. Andate”, le dijo en la casa de la patrona donde cobraba por jornal.

“Me va a limpiar. Me va a limpiar”, le repetía a su sobrina Margot por teléfono, cuando hablaban a primera y a última hora del día.

Los lugares comunes se hacen carne: era una madre excelente, buena persona, alegre. Él era un cínico, manipulador, frío, calculador.

Los detalles suman: “hasta limpiaba con música”. Todos la conocían en el barrio, le gustaba mucho bailar. Lo último que puso en el Facebook fue un video de la Borinquen.

Antes de separarse –por decisión de él, que de un día para otro se llevó sus cosas a la casa de su nueva pareja– habían estado en su Flores natal, visitando parientes. Estaban tan bien. Parecía.

“En las últimas semanas ella andaba horrible”, dice grave Beatriz. “Venía corriendo y tocaba mi puerta”. Se resguardaba y juntas evaluaban si llamar a la policía.

Por esos días se había generado un sistema de alarma entre vecinos y vecinas. En el camino de vuelta hacia el apartamento, cerca de las 8 de la noche, algunos la mensajeaban y le avisaban por dónde estaba Silvio, para que ella pudiera tomar por otra calle. O la acompañaban hasta la parada. Y hasta la comisaría 12 a hacer la denuncia.

Además de increíble para quienes más la conocían, su muerte causa estupor en quienes van sabiendo lo ocurrido. Uno de sus patrones llegó hasta el apartamento de Susana para que le firme los papeles para la liquidación. Era el día del velorio. Allí le contaron. Y se descompuso.

Somos testigos de un disparate, dice una catequista que se anima a hacer uso de la palabra tras el minuto de silencio sugerido por la Coordinadora de Feminismos. Se acaba de enterar que hace un mes Susana, su compañera de fe, murió asesinada en el asfalto, a pocos pasos de su casa, y se estremece de arriba abajo. Pide a los presentes que no se olviden de los hijos de Susana, que los acompañemos, que recordemos lo que significa la solidaridad y pregunta: “¿Qué entendemos por ser personas de buena voluntad?”, para rematar diciendo que “la razón y la fe no se oponen” y que el marido de Susana seguro tenía algún problema psiquiátrico para haber hecho lo que hizo.

“Estaba tan aterrada que empezó a hablar”, dice Margot, dos años menor que Susana. Ella también es empleada doméstica.

El 14 de diciembre, un día antes de que Silvio le asestara un golpe al corazón y la degollara, Susana cambió su foto de perfil en Facebook. Está de entrecasa, pero impecable: viste jeans y una remera blanca que reza Beautiful en letras negras. Lleva lentes negros y el brazo derecho en asa sobre la cintura. A comienzos de mes había ido a ese cumpleaños de 15. A él le molestaba verla bien a pesar de que estaban separados. Eso lo enloqueció.

Después de acuchillarla, él también se lastimó. “Sólo se dio unos pinchacitos”, dice Alicia, una de las seis hermanas de Islas. “Se quiso autoeliminar”, opina otro sobrino.

***

El eco se hace fuerte en el Cerrito de la Victoria. La tarde cae crepuscular y el viento aumenta hacia el oeste. “Ni una muerta más. Ni una mujer menos”, gritan las presentes, en su mayoría jóvenes integrantes de la Coordinadora y varias vecinas de Susana que este miércoles 18 realizaron un acto en la explanada de la Iglesia, a un mes del crimen.

En el campito detrás de la Iglesia, los jóvenes han parado de jugar al fútbol. Tres, cuatro, cinco niños y niñas caminan sus primeros pasos torpes para escuchar qué son esas voces. “Una vez más: la noticia, la rabia, el dolor”, dice el coro femenino.

Alicia tiembla. Intenta seguir la lectura de la proclama escrita en volantes que repartieron a las autoconvocadas. Intenta leer. Su rostro es llanto. Intenta leer. Hace mímica.

***

“Era un amor enfermo. Yo le decía: ‘Susana, querete vos’”, rememora Beatriz, vecina confidente.

Estaba aterrada. El día antes de que pasara esto, de que él la matara, ella me dijo:

–Margot, tengo miedo.

–Pero cómo te va a matar…

–¿Cómo no me va a matar? Si él tuvo el coraje de tirarme por la ventana del apartamento y hacerles creer a todos que fui yo.

En ese momento no podían sospechar, dicen los familiares. Era normal que se quisiera matar, si había perdido a sus tres hijos en el incendio de su vivienda, allá por Camino Maldonado. Tenían 13, 11 y 9. El mayor cumpliría 38 años.

Él les decía que trancaba la puerta para que no me escapara, pero en verdad es que no me quería dejar salir.

Del no-sabíamos-que-pasaba-algo-entre-ellos, comienza a filtrarse el recuerdo de aquel golpe en un asado, frente a todos los comensales. Y generar peleas y entredichos para luego prohibirles que los viera. La memoria perdura, pero hay que entrenarla.

Algunas miradas perdidas en el horizonte recrean las escenas mudas. Cuando la ataba con esposas y la violaba. Cuando le pegaba a los niños. Cuando guardaba el arma reglamentaria bajo la almohada y el más chiquito jugó a que lo mataba, apuntándolo con el caño frío.

Los niños no se llevaban bien con su papá. Eso lo recuerdan todos.

Cenizas.

Mudarse a la cooperativa para comenzar de nuevo con 29 años.

***

El apartamento está en el segundo piso por escalera. 120 viviendas en todo el complejo, ubicado en la calle Bruno Méndez, a una cuadra del Santuario Nacional del Corazón de Jesús, conocido como la Iglesia del Cerrito de la Victoria en Montevideo.

La puerta del apartamento –como la mayoría de este edificio, al menos– tiene rejas. Dentro: una habitación, un living, una cocina. Dentro: Susana rearmó su hogar junto a Silvio y tres años después tuvieron un hijo; cuatro años después, otro.

El lunes 12 de diciembre, tres días antes de ser apuñalada por su marido, Susana fue a la seccional 12 a ampliar la denuncia por violencia doméstica. La radicó a las 20:25.

El jueves una vecina llegó a escuchar que gritaba que no la matara, que la dejara vivir por sus hijos. En el parte policial, los 54 años de vida de Susana se reducen a “fallecimiento paro respiratorio por herida de arma blanca”. De él no se dice ni el nombre. Apenas que tiene 57 y que presenta “herida de arma blanca, penetración leve de tórax”.

“Cuando una mujer denuncia, debería haber seguimiento”, opina Margot.

Vuela el pasto fresco recién cortado en la cooperativa. Alicia y Margot cuentan que el hijo más chico de Susana no pega un ojo en el apartamento. Que sólo puede dormir cuando las visita en Paso de la Arena. No habla. No llora. No duerme. Él también fue amenazado por su padre: “Voy a matar a tu madre. Y si te metés, a vos también”. El que avisa no traiciona.

Se despierta escuchando la voz de Susana. “No está mamá”, se da cuenta cuando la busca.

Por averiguaciones personales, saben que Silvio está preso. Pero desconocen dónde está el expediente de la causa, cómo seguir para pedir justicia. La feria judicial ha estado de por medio, no tienen abogado que los represente, tienen que averiguar si a los jóvenes les corresponde alguna pensión y demás etcéteras burocráticos vinculados a la economía de la parca.

“Que dios haga justicia. Esto fue con premeditación y alevosía”, dice una vecina al pasar.

***

Llego a mi casa tras la concentración en el Cerrito. Unos vecinos, la pareja que vive en el piso de enfrente, pelean en el balcón. Ella le sostiene la mirada hacia arriba y agita un poco sus manos. Él está de espaldas a mí; apoya sus manos sobre el balcón y habla bajo. Resoplan. Entran. Prenden el noticiero. Se dicen “amor”. En un rato tendrán sexo de reconciliación. Bufarán sabiéndose los malhumores y naturalizarán una vez más el empujoncito, el gritito, el destrato, el ninguneo.

¿Llegará el momento de pensar “cómo no lo vimos antes”? ¿O de resguardarnos en la justicia divina? ¿O de decir que en las cosas de pareja nadie se meta porque es privado?

Pregunto. Porque aquí se trata de rearmar una presencia.

Lea la versión publicada en Brecha el 20 de enero de 2017: Azul Cordo – Una historia violenta

Encuentreras

Unas 70.000 mujeres participaron durante los días 8, 9 y 20 de octubre en el 31° Encuentro Nacional de Mujeres en Argentina, esta vez en la ciudad de Rosario, reflejo descarnado de la desigualdad en el país vecino. Por segundo año consecutivo, la policía reprimió cuando la marcha pasaba por la Catedral y hubo manifestantes y periodistas heridos.

Una ciudad tomada por mujeres. Desde hace 31 años confluyen en un punto del país para hablar de ellas, con ellas, entre ellas. Afirmaciones con tufillo a lugar común, se hacen carne y cuerpo, abrazo y emoción. Una forma femenina y feminista de hacer política: desde el amor, el cuidado y el reconocimiento a las otras.

Para Dahiana Belfiori, integrante de Socorristas en Red, que participa desde 2005 en el ENM, “cada encuentro es la posibilidad de encontrarme con compañeras de distintos lugares de Argentina y de Latinoamérica, en abrazos emocionados, en alegrías y luchas compartidas, y reafirmar la concreción de las luchas que vamos dando en estos años, reconociéndonos en quienes nos precedieron abriendo camino. Aquí se ve el movimiento amplio de mujeres, que se potencia con las diferencias y miradas diversas de la realidad. Hemos podido construir consignas claras en contra del heteropatriarcado, en contra de violencias cotidianas, en contra de aquello que nos molesta y nos hiere cotidianamente. Cada encuentro es la posiblidad de que una nueva mujer habite en este espacio; la posibilidad concreta de que participe. Es un gran evento político que nos habilita a seguir pensándonos. Es un ejercicio concreto de libertad”.

Cada ENM es único, inédito, pluralista, horizontal y pacífico. Y sigue cierta estructura: se realiza el fin de semana largo de octubre y tiene acto de apertura y talleres; una plaza feminista donde hay radios abiertas y feria de libros, vestimenta y stands de organizaciones políticas y sociales; marcha y fiesta lésbica el sábado; marcha y peña el domingo; acto de cierre el lunes. La Comisión Organizadora se conforma de manera independiente, abierta y autogestionada en cada ciudad donde se lleve adelante.

El escenario elegido para el 31 ENM fue a la vera de un río Paraná que sangra por las y los jóvenes que padecen la represión y la violencia institucional sistemáticamente, recrudecida en los últimos días con la llegada de Gendarmería a la ciudad y con la decisión del gobernador Miguel Lifschitz de unificar la tres direcciones policiales que investigan delitos complejos (casos de narcotráfico y narcomenudeo, trata de personas y la Policía de Investigaciones) para potenciar un grupo comando con presencia continua en los barrios estigmatizados como “violentos” y “peligrosos”; además se creará una Policía Judicial.

Es importante que recordemos qué significa Rosario en términos económicos y productivos para los poderosos del país -dijeron desde la Comisión Organizadora del Encuentro-. Por estos puertos de Rosario y su cordón, hoy en manos extranjeras, se llevan el 75% de la producción nacional. Por allí circula libremente el tráfico de armas y drogas y la trata de personas, que se han convertido en los negocios más redituables e impunes de los últimos años, para beneficiar a los ganadores de siempre: los grandes monopolios imperialistas, las patronales y los terratenientes. Mientras salen por los puertos de Rosario las riquezas que produce el pueblo, nuestra ciudad es el reflejo descarnado de un país donde, a la par de la concentración de la riqueza, crecen la desigualdad y el hambre. El Gran Rosario registró, en el segundo trimestre, el nivel más alto de desocupación: el 11,7%. Nuestra ciudad se ha vuelto territorio de operaciones de bandas narcocriminales, un negocio millonario del que participan y son protagonistas policías, políticos de todos los niveles del Estado y empresarios, con la complicidad del Poder Judicial, mientras nuestras barriadas populares padecen los efectos más brutales de la devastación neoliberal. Las madres y las hermanas, las jefas de hogar, las abuelas son quienes se hacen cargo de las familias destruidas por la lógica de reclutar soldaditos y bandas, quienes sufren las principales consecuencias de estas violencias. Pero también son quienes encabezan las luchas por justicia y los reclamos frente a la violencia institucional al ver asesinadas y asesinados a jóvenes en manos de la policía. Con Elsa Godoy como símbolo, fallecida este año, homenajeamos a todas esas valientes mujeres que luchan por justicia”.

De las 70.000 que participaron, siendo la convocatoria más grande hasta el momento, 35.000 estuvieron alojadas en 150 escuelas. Los 69 talleres propuestos se multiplicaron en 300 comisiones que desbordaron salones, pasillos, gimnasios y parques. Unas 140 actividades culturales se dieron en simultáneo durante la noche del sábado, y la marcha del domingo fue caminada durante 40 cuadras por casi 100.000 personas.

Por primera vez se realizaron talleres sobre Mujeres y Cannabis y Mujeres afrodescendientes. Como cuando se realizó en Rosario en 2003, este año el ENM volvió a tener un taller sobre Mujeres trabajadoras sexuales que hizo énfasis en la posición reglamentarista frente a la abolicionista. En su momento, el taller fue coordinado por Sandra Cabrera, referente de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), asesinada en 2004 por denunciar la corrupción policial en casos de explotación sexual de niños y niñas, trata de personas y violación de los derechos humanos contra las mujeres. Esta vez, el taller estuvo a cargo de activistas jóvenes como Georgina Orellano, quien destacó la capacidad de las trabajadoras sexuales de decidir, de poner sus propias condiciones, de defenderse -en especial, de la violencia policial, que las hostiga y coimea-: “Indigno es que nos detengan en comisarías por hasta 30 días por hacer uso del espacio público. No es indigno hacer uso de mi genitalidad y ponerle un precio. ¿Hasta cuándo vamos a discutir, si la que pone el cuerpo soy yo? Si seguimos pensando que la concha es sagrada difícilmente, compañeras, vayamos a combatir el patriarcado”, dijo Orellano.

El aborto es otra lucha que cada año convoca y nuclea más participantes. Durante el ENM de 2003 surgió como propuesta crear la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Ahora, el taller de Estrategias para el aborto se multiplicó por 14 comisiones, varias de ellas coordinadas por Socorristas en Red, superando tensiones que se daban en estos espacios en años anteriores, donde todavía algunas participantes cuestionaban si el aborto era o no un acto ilegal. Hoy miles usan el pañuelo verde, símbolo de la unidad para reclamar por la vida y la salud de mujeres como Belén de Tucumán o Yamila de Rosario, privadas de libertad por abortar. Desde el ENM se pidió el desprocesamiento, la anulación de la condena y la inmediata absolución de ambas.

Hijos de Macri. Quienes no dieron el brazo a torcer fueron los provocadores de siempre: grupos antiderechos, mayoritariamente de varones, que rezan a lo largo de la marcha, tiran “agua bendita”, y se parapetan frente a la Catedral a rezar en Padre Nuestro, cuando la movilización se hace presente y reclama que la Iglesia católica no intervenga en las decisiones que las mujeres tomamos sobre nuestros cuerpos.

Hubo algunos forcejeos y la policía con cascos y escudos se formó para defender el edificio, que tenía vallas y fenólicos impidiendo el ingreso. A pesar de que la Comisión Organizadora había acordado con el gobierno provincial que no hubiera presencia de policía armada, sino sólo policía local, la Guardia de Infantería utilizó a la policía comunitaria femenina como escudo humano y empezó a tirar balas de goma. Además de que a lo largo de la marcha casi no hubo el control de tránsito comprometido por la gobernación (que implicó cortar las calles con cordones humanos improvisados, a riesgo de ser atropelladas) el ministro de Seguridad, Maximiliano Pullaro,“nos echó la culpa por la represión, siendo que hubo provocaciones previas y que los fenólicos fueron derribados por encapuchados infiltrados”, dijo a Brecha la integrante de la comisión organizadora, Mabel Gabarra. “Todo se desarrolló con normalidad hasta ese momento y, en adelante, tendremos que pensar más estrategias contra la represión”, que volvió a repetirse como en el ENM de 2015 en Mar del Plata. “Miles de mujeres hablaron de sus problemáticas durante dos días y tocamos puntos muy molestos para el status quo: marchamos contra los violadores, los feminicidios, la desocupación, queremos el aborto legal. Molesta que la marcha exprese el rechazo ante este sistema que no da para más”, añadió.

Entre las heridas por balas de goma hubo dos cordobesas, y seis periodistas, una de ellas es Johana, fotógrafa de La Garganta Poderosa, que escribió en ese medio periodístico villero: “Es la primera vez que participo del Encuentro de Mujeres. Estaba cubriendo lo que pasaba, y ahí nomás un policía empezó a reprimir. En un momento, empezaron a correr hacia nosotros, y con un grupo nos escondimos detrás de un auto. Me disparó a la cara, a dos metros de distancia”.

Color, alegría, calor, se empañaban entre dos horas de preocupación para quienes ya se habían desmovilizado y seguían los ataques por transmisiones en vivo a través de las redes sociales, para quienes seguían marchando y debían esquivar balas y gases, y para quienes organizaron durante un año lo que habían sido 48 horas de fiesta mujeril.

Mientras las recriminaciones por las pintadas y grafitis pretendían justificar una represión salvaje y discrecional, miles volvieron a reunirse el lunes en el cierre frente al Monumento a la Bandera, para sentir esa energía que desprende el Encuentro en carne propia, “al cruzar miradas por todos lados con tantas mujeres tan diversas, que estábamos ahí, reivindicando nuestras luchas todas juntas, emocionadas hasta las lágrimas, reivindicándonos fuertes y libres”, dice Alejandra Álvarez, uruguaya que asistió por primera vez junto a una delegación de cien mujeres. “Diversidad, alegría y firmeza”, así define ella este espacio, que el año que viene volverá a crecer en la provincia del Chaco, donde una vez más se montará un caldero para luchar y conquistar nuestros derechos.

El feminicidio no es un numeral

El anuncio de Juan Andrés Roballo cinco días después de que se conmemorara el Día Internacional de Lucha contra la Violencia hacia las Mujeres fue tomado con cautela. En el portal web de Presidencia de la República no se decidían por femicidio o feminicidio. Así de intermitentes aparecían los términos según se mirara el artículo o el video que notificaba la decisión del Poder Ejecutivo de enviar un proyecto de ley que tipificara como delito los asesinatos de mujeres por razones de género, una problemática social que desborda el Código Penal pero que -viviendo en una sociedad que necesita del mensaje simbólico penal para entender los límites de lo permitido y lo intolerable en una convivencia comunitaria- requería una figura específica, independiente. Un mes después, el feminicidio se vuelve un numeral.

Siete de cada diez mujeres en Uruguay declararon haber vivido situaciones de violencia basada en género en algún momento de la vida. Una de cada cuatro mujeres de 15 años y más ha vivido situaciones de violencia por parte de su pareja o ex pareja en los últimos 12 meses. Una de cada tres mujeres de 15 años y más ha vivido situaciones de violencia durante la infancia, al tiempo que entre las mujeres de 65 y más 9,5% reporta haber vivido violencia por parte de su familia actual. La cifra de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas en los primeros seis meses de 2015 supera al total de homicidios por razones de género cometidos en todo 2014. Sin embargo, el Ejecutivo entiende que el femicidio debe agregarse como un numeral al artículo 312 del Código Penal vetusto, vergonzante, higienista y moralino cuya reforma está en debate parlamentario.

El presidente Tabaré Vázquez decide que debe redactar un proyecto de ley para tipificar el feminicidio y ordena a su prosecretario que lo anuncie, sin articular respuestas, cinco días después de que el Consejo Nacional Consultivo de Lucha contra la Violencia Doméstica presentara su Plan de Acción 2016-2019 “Por una vida libre de violencia de género con mirada generacional”, que incluye el diseño de una ley integral contra la violencia basada en género.

Un mes después del anuncio, el Ejecutivo presenta un proyecto de ley que dista de crear una nueva figura penal que contemple seriamente las múltiples y complejas aristas que suponen las relaciones de poder patriarcales entre géneros que acaban en la muerte de las mujeres, y que busque profundizar una respuesta estatal y social articulada y reflexiva. No es nada inocente que se haya optado por “femicidio” en lugar de “feminicidio”.

Si bien lo personal es político, la esfera privada puede ser utilizada política, electoral y mediáticamente en forma abusiva, al banalizar, revictimizar y catalogar como un hecho de (in)seguridad una problemática compleja. Desde algunos discursos políticos se utiliza la alarma social para priorizar respuestas punitivistas.

Con este proyecto de ley, una vez más, en Uruguay los conflictos sociales no se abordan desde la integralidad ni la interdisciplinariedad que requieren, sino desde una perspectiva patriarcal y androcéntrica. Una vez más, la fórmula es el castigo, entendiendo por éste siempre más prisión, en lugar de otro tipo de sanción penal. Esta propuesta no supone un abordaje realmente completo, que implique la detección de situaciones de riesgo, la prevención de desenlaces trágicos y el trabajo en resoluciones comunitarias del conflicto, no sólo fortaleciendo el trabajo con varones violentos, sino deconstruyendo modelos hegemónicos patriarcales en las relaciones entre los géneros.

Como señala la criminóloga española Elena Larrauri: “Es obvio que la reforma legal no solucionará los problemas de las mujeres, pero uno de los problemas de las mujeres es precisamente el contenido de determinadas leyes, y por eso hay que modificarlas”, y añade: “Ya que el derecho penal no cumple su función instrumental de evitar los delitos, lo mínimo que se le puede exigir es que cumpla la función simbólica: que envíe el mensaje a la sociedad de que dichas conductas son delitos y que no deben ser toleradas”. Advierte, no obstante, que el mensaje simbólico de acudir al derecho penal resultará equívoco si se considera que el problema real estará solucionado por la sola promulgación de la ley, siendo que ésta será aplicada por una Justicia que dista mucho de tener perspectiva de género y cuya balanza suele estar más a favor de la reconstrucción de una familia heteropatriarcal que de fortalecer la autonomía de las mujeres.

El proyecto del Ejecutivo mezcla de manera arbitraria definiciones de teóricas feministas con recomendaciones de organismos internacionales, no visibiliza la especificidad del delito, y le saca la cuota de responsabilidad que el Estado tiene (tanto en la comisión de feminicidios como en la prevención, el abordaje y la reparación del daño social que causa cada uno de estos casos). Se agrega al femicidio como agravante del homicidio, como agregan actos de discriminación por orientación sexual, identidad de género, raza u origen étnico, discapacidad u otra característica de la víctima.

En 2015 contamos 39 asesinatos de mujeres. El feminicidio no es un numeral.

Azul Cordo | Columna de opinión, La Diaria, 4 de enero 2016